-¡Tu madre es una puta!

-¡Dejadme en paz!

-¡Sí que lo es, trabaja en un club!

-Es mentira, trabaja en una cafetería… dejadme en paz!

Yo “sabía” que mi madre no era nada malo, mi madre nos quería mucho. Es verdad que lo habíamos pasado muy mal cuando mi padre se fue, tuvimos que dormir varios días en el coche por las discusiones que hubo entre ellos. Él comenzó a llegar borracho casi cada día y se ponía agresivo. Hasta que finalmente se fue y mi madre lo sentenció diciendo “mucho mejor, ahora podremos vivir en paz”.

Ella trabajó mucho a partir de ese momento, y nuestra abuela se ocupaba de nosotros y de la casa. Hasta que también se marchó, creo que por una discusión entre mis abuelos y mis tíos. Algunas madrugadas oí llorar a mi madre, mi reacción era acudir a su cama y abrazarnos, ella siempre me recibía con una sonrisa y nunca me dejó verla llorar aunque difícilmente podía ocultar la humedad de sus ojos. En alguna ocasión también mis dos hermanas pequeñas acudieron a la cama de mamá, sospecho que también la oyeron llorar o simplemente necesitábamos todas el cobijo cálido de mamá.

Mi madre trabajó en el campo, trabajó cosiendo, trabajó cortando árboles con sus primos… y trabajaba en una cafetería en la época en la que los niños del colegio me lo dijeron una tarde al salir de la escuela:

-¡Tu madre es una puta!

-¡Dejadme en paz!

Me sentí traicionada y confundida. Yo sabía que mi madre hacía todo lo que podía por nosotros e intuía que lo estaba pasando mal porque ya no nos ayudaba la abuela ni veíamos a la familia. No sabía muy bien -tenía tan solo siete años- qué era exactamente una “puta” pero “sabía” que era algo malo y también me sonaba mal la palabra ” club”.

No me atreví a preguntar a mi madre qué significaba ser puta, ni por supuesto a contarle lo que habían dicho los niños del cole. Pero el domingo, cuando mis hermanas jugaban en la calle, le pregunté:

– Mamá, ¿que es un club?

A pesar de que se tomó unos segundos para contestar y quiso aparentar normalidad yo noté que mis palabras habían caído sobre ella como una pesada losa. Supongo que le costó recuperar la respiración y el ritmo de su corazón para contestar con una voz que simulase normalidad.

-Pues no estoy segura… creo que un tipo de negocio… ¿Por qué me lo preguntas?

-No es como tu cafetería ¿a que no?

-Por supuesto que no.

Puedo imaginar que ella, al comprobar que esta respuesta iluminaba mi cara sintió una gran pesadumbre… incluso ahora al rememorarlo me siento inexplicablemente culpable.

Y quizás sin pensarlo, como un rayo que escapa sin remedio de su corazón, dijo:

-¿Quieres venir un día a ver la cafetería en la que trabajo?

No recuerdo su rostro porque la alegría me invadió y salí corriendo a jugar. Le grité un “¡¡Siiii!!” que supongo invadió cada célula de su cuerpo. Un “sí ” que quizás cambió nuestra vida. Un “sí” rotundo y sonoro que salió de algún sitio más profundo que mis cuerdas vocales. Un “si” que salió del alma, dondequiera que ese artefacto se ubique.

Hoy he visto la película “La vida es bella”, una gran película, dirigida e interpretada por Roberto Benigni. Sólo si la has visto o te la han contado entenderás por qué mi pequeña historia ha surgido ahora tras ver la película 1.

Llegó el día de la visita a la cafetería en la que trabajaba mi madre. Todo fue agradable, me encantó el sitio, luminoso y limpio, con algunos adornos navideños, lo cual me extraño por encontrarnos en mayo pero sin dejar de agradarme. Había también unos jarrones con rosas muy olorosas que insistieron en que yo oliese. Tanto la dueña, una mujer afable y alegre que yo nunca había visto en el barrio, como otras dos señoras y un hombre joven que estaban tomándose un café, resultaron muy simpáticos y no dejaron de preguntarme cosas y decirme lo guapa que estaba y lo mucho que les gustaba mi vestido –la verdad es que mi madre me vistió como sólo vestía los domingos-. Tomé un Cola-cao y mi madre un descafeinado. Después nos despedimos porque en un par de horas comenzaba su turno de trabajo.

Tardé mucho tiempo en saber cómo se “creó” esa cafetería. He de confesar que saber la verdad me causó dolor, tristeza, y esperanza… todo en un complejo y emotivo golpe que encajé con el mejor ánimo. Cuando mi madre me llevó con 17 años a casa de mis tíos en Vigo para poder continuar mis estudios tuvimos una conversación sobre recuerdos de la infancia y esta historia surgió como agua que se desborda de una olla hirviendo.

Mi madre trabajaba efectivamente en un club de alterne. Lo hizo durante casi un año. Me quiso dar detalles para que yo entendiera que no tuvo otra alternativa para poder mantenernos ante el repudio de toda su familia que no aceptaban que ella hubiese rechazado vivir con nuestro padre y aguantar sus borracheras y el inicio de maltrato físico. Le dijeron que tenía que “aguantar un poco” y su negativa terminó dejándola sola y aislada. Increíblemente, la parroquia le dio también la espalda. La falta de otros trabajos y una deuda de nuestro padre, que estuvo a punto de hacerla perder la casa en la que vivíamos, la empujaron a pedir trabajo a una vieja conocida, “la Rosi”, que regentaba un club de alterne después de haber estado largos años fuera, parece ser que años repartidos entre Francia y Alicante.

La Rosi escuchó como mi madre le contaba descorazonada que me había invitado a conocer “la cafetería”. Y ante el desánimo y pesadumbre de mi madre reaccionó sin un ápice de duda:

-¿Y que problema hay? Pues la traes cuando quieras por la tarde!

-¿Estas loca? ¡¿qué venga aquí y vea esto?!

-¡Un par de horas y “esto” será una hermosa y luminosa cafetería!

Y así fue, todo el personal y algunos “clientes habituales” del Club L’ Amore se movilizaron para eliminar las luces rojas, los pesados cortinajes que ocultaban la luz exterior, los calendarios y motivos sexuales. Entró la luz, llegaron las flores, trajeron una vajilla adecuada e incluso pusieron una tele para sintonizar un documental sobre caza y pesca. Taparon con un enorme letrero de Coca-Cola el neón que anunciaba en color rosa el Club L’Amore.

Yo fui feliz, mis miedos se desvanecieron, me di cuenta de lo hermoso que era el pelo largo y oscuro de mi madre y decidí ese mismo día dejarme una larga melena como la que ella llevaba.

Mi madre en cambio cayó en una tristeza de la que yo nunca supe nada. Su aflicción fue tan intensa que “la Rosi” le anunció una tarde:

-Se acaban tus problemas. Estás despedida.

Mi madre estalló en llanto pidiéndole por favor que no hiciera eso. Pero la Rosi contestó sonriente abrazándola:

-Bueno, te acabo de encontrar trabajo en una conservera de un buen cliente. Un trabajo honesto, y he negociado tu sueldo, todo va a ir bien.

Hoy, al salir de la película “La vida es bella”, esta historia ha retornado a mi mente e inundado mi corazón de emociones contradictorias. Me hago muchas preguntas sobre lo que mi madre pudo hacer bien y lo que pudo haber hecho mal. Pero sólo siento unas ganas enormes de ir a verla, abrazarla, y llevarla en coche a visitar a “la Rosi” donde quiera que esté. En realidad me gustaría tomar un café con mi madre y “la Rosi” en aquella hermosa cafetería, dejando que la luz de la tarde entrase en nuestra taza de café transportando en su recorrido un poco del aroma de las rosas que primorosamente habían colocado en un jarrito en cada mesa.

Quizás aquella niña de siete años que era yo, mientras miraba la hermosa cabellera negra de mamá y las veía tomar su café dijo:

-¿La vida es bella, verdad?
Valentín Escudero es terapeuta familiar sistémico, investigador de la Universidad de la Coruña (España), co- creador del SOATIF, sistema de observación de la Alianza Terapéutica en intervención familiarpor (ver al respecto Mosaico nº 25 o Perspectivas Sistémicas nº 77).