La primera y única vez que he visto a agonizar a Jesús en la cruz fue en el rostro de un parado: mi suegro. Cuando mi marido le dijo al médico que a su padre le había matado el paro, aquel le miró con escepticismo, pero al rato le reconoció que efectivamente muchos hombres de la edad de mi suegro simplemente se dejaban morir. No combatían la enfermedad. El entierro estuvo lleno de mujeres: las viudas de otros parados del barrio. Un barrio obrero que como tantos sufrió el paro del PSOE de Felipe González y los sindicatos como una ola de muerte y destrucción.
Después de aquello he visto otros rostros y miradas; nunca o casi nunca he oído palabras. Porque lo que aplasta a los parados y a los explotados es una gran losa de silencio interna y externa.
He visto a mi padre con los brazos quemados tras su jornada laboral en una empresa de caucho, donde trabajó tras quedarse en paro por segunda vez. Ese verano me puse a trabajar. Cuando fui a entregarle el sueldo a mi madre me dijo: “ganas más que tu padre”.
He visto a la familia de mi hermana vivir saltando de trabajo en trabajo con dos hijas pequeñas. Cuando se quedó embarazada del tercero la despidieron.
He visto a jóvenes con la mirada perdida no pensando en el mañana.
He visto a inmigrantes en paro borrachos sujetándose el uno al otro para no caerse.
He visto a padres en el metro apoyando su cabeza abatidos en el carrito de su hijo.
He visto y he tenido entre mis brazos a una joven mujer, excepcional profesional, después de un intento fallido de suicidio. Estaba en paro.
La sombra del paro ha acechado y sigue acechando a mi propia familia.
Ahora una amiga, nacida durante el paro de sus padres, está en el hospital con una crisis de ansiedad transitoria. En un primer momento no ha conocido a su marido. No ha podido alimentar a su segunda hija, de pocos meses; tampoco quiere tomar el biberón. Ella es una mujer joven, preparada para trabajar. Ha trabajado de teleoperadora y ha visto como los parados no podían pagar sus facturas de teléfono. Su futuro laboral es negro, como el de millones de españoles. No la he podido ver, vive a varios cientos de kilómetros de donde yo vivo; pero pensando en ella he visto todos estos rostros. Pienso en los otros millones de rostros que no conozco. Pienso en el bloque de pisos donde todas las familias que lo habitan están en paro. No conozco a la madre de familia a la que han hecho abortar hace una semanas porque no podía mantener a sus hijos. Ya le habían quitado la custodia de otros dos. Traía gemelos. La engañaron: la dijeron que eran siameses. Le mataron a sus hijos. Tampoco conozco a la pareja de jóvenes adolescentes a los que les han obligado a abortar en el centro de menores donde viven. Me dicen que los dos están destrozados.
Hoy quiero alzar la voz con ellos; quiero romper mi indiferencia culpable. No luchamos porque no VEMOS, porque no escuchamos el sonido ensordecedor del silencio. Porque ahogamos la angustia de nuestro interior.
El paro es una canallada. El paro mata. Debemos hacer oir la voz de los parados y de los explotados, nuestra propia voz. La deben escuchar los políticos, los empresarios y los sindicatos, para que no puedan dormir tranquilos. Ojalá ZP, no puedas dormir tranquilo ninguna de las noches que te quedan como presidente del gobierno. Si quieres dormir tranquilo vete a descansar a la cuneta de la Historia y deja paso libre a los que queremos luchar.
Autor: FAMILIAE Psicoterapia-
Fecha: 2010-03-30