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B.Cyrulnik

   
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PSICOLOGIA

Yo también tenía síndrome postaborto....
Los síntomas van afectando progresivamente e incluso atacando de distintas formas ...

 

En FAMILIAE hemos recibido esta carta de una mujer que nos cuenta su historia. Ella leyó en nuestra web lo que escribimos sobre el síndrome postaborto, y la lectura despertó en ella muchas heridas, recuerdos... y quiso compartirlo. Gracias.

 

"En mi caso ha sido un descubrimiento progresivo, un día por fin pude unir que lo que me pasaba era que padecía esos síntomas, en alguna medida. Lo descubrí cuando me di cuenta de que ya no los tenía, de que había “cosas” de las que me había librado, por ejemplo de la irritación y el desánimo sin causa, y de temas propiamente sexuales. Pero el leerlos en ese texto tan concreto fue lo que me hizo caer del todo en la cuenta.

 

Los síntomas van afectando progresivamente e incluso atacando de distintas formas y al final los desvinculas del origen, ya no sabes qué te pasa, es que la vida es así, o que tu eres así...

 

El resultado final es que una vive sumergida en una tristeza profunda, en un vacío que nada puede llenar. Pero ese vacío no está vacío, de él salen en según qué ocasiones, las emociones más dispares e incontrolables, es como si en ocasiones una perdiera incluso el sentido de la realidad, creo que a medida que se minimizan –aparentemente- el dolor por la pérdida, y la culpa por el error cometido, se van acrecentando los sentimientos de dolor por hechos que no son tan importantes, por tonterías, todo desproporcionado. De modo que al final es un infierno porque “por nada” sale una ira que una no puede controlar, que te domina en cuerpo y alma y que no suele tener proporción con la causa. Cualquier pequeña pérdida supone caer en las ganas de dejar de existir, se está siempre al borde de la desilusión “total”.

 

En cuanto a las relaciones sexuales, por un lado parece que los instintos se fueran deteriorando, pervirtiendo, llegando incluso a dudar de las propias tendencias y a tener pensamientos que a mi me producían una gran vergüenza e incluso ahora me la producen y una sensación de ser un monstruo, alguien capaz de cualquier maldad. Es como que los afectos estuvieran desordenados y en mi corazón yo iba dejando de reconocer incluso la ternura o la compasión. Creo que el pecado del hedonismo va haciendo también su trabajo.

 

Estaba siempre deseando aislarme, como si las relaciones fueran un esfuerzo insostenible, como si la gente me gustara cada vez menos, ya no era la persona sociable que antes había sido, ya no creía ni a mí ni a los demás capaces de nada bueno. Me costaba establecer relaciones de amistad más profundas, y expresar mis sentimientos, como no fuera de forma impulsiva o desmesurada cuando explotaba. Y lo peor era no reconocer a nadie ningún cariño, como si no pudiera amar a los demás, los demás son otros seres individuales y aislados con los que había que convivir como si eso fuera una condena.

 

En esos años las relaciones con los hombres han sido casi siempre muy negativas, hasta que al final decidí estar sola e intuitivamente sentí que debía esperar hasta que “pudiera ser algo de verdad” sin enredarme ni tontear con nadie.

 

En conclusión que al final eres como un monstruo iracundo siempre a punto de saltar y contra el que continuamente se cometen injusticias. Si era sincera conmigo misma en realidad pensaba que yo ya no merecía nada, que mi vida ya no tenía valor, que más que vivir yo merecía arrastrarme.  

 

Empecé a ser muy aprensiva, sobre todo con los médicos y cogí miedo a los ginecólogos, eso aun me dura, me creo que van a engañarme y a hacerme algo horrible...

 

De casi todo esto me pude ir dando cuenta después de haberme confesado, yo lo hablé resignada, como si el asunto ya estuviera encajado, pero no fue así, al poco los síntomas empezaron a agravarse, a desbordarse y el dolor por la pérdida de mi hijo apareció más fuerte que nunca, casi me alegraba porque eso era como más normal, estaba desesperada y odiaba con todas mis fuerzas sin saber ni a quién. Sin embargo, a la vez era como si se me abriera el corazón, y empezara por primera vez a sentir la vida, mi trabajo en el colegio se volvió apasionante para mí, como si renaciera la esperanza y la mirada de los niños... era como si yo pudiera ver y oír. El dolor y la alegría se juntaban, ¿cómo sintiendo tanto dolor yo podía estar en pie, ir al trabajo y descubrir el mundo otra vez? Cuando empezó yo creía que no iba a poder salir de la cama y sin embargo...

 

Los pensamientos e instintos raros han ido desapareciendo.

 

Los primeros meses de embarazo han sido también muy malos, porque volvieron los instintos raros, era como si este embarazo me trajera el otro, como si los dos estuvieran ocurriendo a la vez, pero a mis recuerdos venía una y otra vez el final del proceso anterior ¡qué paranoia!, uno de los dos no iba a sobrevivir y yo lo sabía, conocía el final y aquello era muy, muy malo. Tenía que tener cuidado para no odiar a Ricardo (mi marido), y lo peor, a este nuevo hijo, como si este pobrecito tuviera unos privilegios que el otro no había tenido y no tenía derecho a nacer, y yo no tenía derecho a ser madre, ¡un horror! Creía que no iba a aguantar psicológicamente porque era muy difícil de sostener toda esta duplicidad de emociones, toda esa tensión. Otra vez discusiones horribles, irracionales, desesperación, todo muy extremado.

 

Pero una vez más el Amor es lo que ayuda, empecé a rezar a mi primer hijo y a visualizarlo con Cristo, y a sentir su amor y su deseo de que su madre luche, y no sé cómo nos hemos ido poniendo todos en armonía. Un día pude hablarlo por fin con mi marido, eso fue bueno, otro día puse las manos en mi vientre y hablé con este niño y fue como si juntos rezáramos a su hermano que está en el cielo, le dije “hijo, tu tienes un hermano, vamos a hablar con el, a agradecerle que nos acompañe”. Todo cambió, si mi hijo está con Cristo, no puede ser que quiera la venganza, pasaron cosas muy bonitas, recé y lloré por todos los niños que sufren, por los niños abortados...

 

Ha sido un periodo de grandes discusiones, de mucha ira, como un receso, no sé cuanto más habremos de pasar, porque me imagino que esto volverá en otras formas, lo que es verdad que el que me salva siempre es mi hijo, y sentir su amor...

 

De todas formas, siento que estoy cambiando, que se me está quitando un peso de encima, que mi corazón ya no es una piedra. 

 

 


Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2009-11-20