Sara Olstein
Especialista en Psicoterapia para la segunda mitad de la vida
Considerando que, según la OMS, la vida se prolongó 30 años más, observamos que la gran cantidad de jóvenes muertos de manera antinatural, nos pone sobre aviso. Algo de lo que esta pasando en este mundo moderno, provoca desprotección y desamparo. El sistema está colapsado. El mundo globalizado aparentemente integrador, mientras procesa sus objetivos, satura y desintegra muchos aspectos de la vida. La “cultura de la muerte” se va instalando en las diferentes áreas individuales, sociales, culturales. Es así que la cultura de la vida, el sistema de valores y las creencias, sucumben por la violencia que se instala en las tres generaciones. Para encontrar un sentido a la vida armónico, valorizado y prudente, o sea, con el ritmo del dar y recibir para el cual el ser humano se va preparando hasta su madurez.
Cambió la visión del mundo, y a partir de los cambios se van estructurando nuevas formas individuales, familiares y sociales. Es así como la muerte de los jóvenes altera la jerarquía que marca la naturaleza entre las generaciones. Salvador Minuchin, en “Técnicas de terapia familiar” (Pág. 70) dice que ”la familia que ha sufrido una muerte o deserción puede tropezar con problemas para reasignar las tareas del miembro que falta”.
Una de las dificultades que se presenta en el proceso del duelo es la sensación de que el ausente adquiere tanta presencia como si estuviera vivo. Por lo tanto, si alguno de los miembros de la familia toma sus roles o funciones, es vivido como un acto de lealtad invisible o de deslealtad.
Estas familias atraviesan un proceso de transición con perturbaciones en el desarrollo de las nuevas estructuras. De la mayor o menor rigidez de la estructura familiar dependerá la investidura más cercana a repetición o más próxima a evolución. Es por esto que la muerte de los hijos, afecta el equilibrio familiar y a veces produce reacciones patológicas. Los hermanos son sometidos a maniobras inconscientes cuyo sentido inconsciente es el de aliviar la culpa de los padres. Y es así que adoptan formas diversas, como negar la muerte a través del ocultamiento y silencio sobre la misma- “de esto no se habla” porque es muy doloroso- o como realizar sustitución a los vivos de atributos del muerto, lugar, ropas, comentarios. Esta es otra manera de ocultamiento y negación de la ausencia.
Sólo el trabajo de elaboración, permitirá nombrar, simbolizar y resignificar el lugar ausente, con el sentido mayor de la existencia y desprovisto de sentimientos de culpa y ambigüedad.
Tenemos en nuestra historia ejemplos de movimientos espontáneos, como ”Las Madres de Plaza de Mayo”, quienes frente a un fenómeno único como la desaparición de los hijos, identificadas con su pañuelo blanco, dando vueltas a la plaza de mayo, intentaban un modo de elaboración, mediante estrategias de búsqueda y organización (en la repetición del ritual se fue estructurando la diversidad de recursos posibles para el cambio).
Las “Abuelas de Plaza de Mayo”, a través del ADN como aporte inédito científico, comienzan una búsqueda incansable hasta lograr el encuentro con sus nietos vivos o muertos.
Los grupos “Renacer” son grupos de autoayuda y autogestión que se reúnen en las iglesias de todo el país con coordinadores autogestivos para atravesar las diferentes etapas del duelo de PADRES QUE PERDIERON HIJOS en diferentes situaciones y de cualquier edad.
“Las madres del dolor”, frente a perdidas impensadas e injustas, se organizan en redes espontáneas de contención. Grupos de padres sufrientes buscando una forma de elaborar esas perdidas, esos duelos sin fin, pero posibles de reparación en la sociedad.
En la segunda mitad de la vida, la generación bisagra enfrenta una paradoja en relación a la muerte de los jóvenes. La responsabilidad sobre los padres ancianos y el vacío de los hijos en el proyecto que ellos representan sobre la propia vejez. ¿Cómo se envejece sin los hijos que prometían en el imaginario, hacerse cargo de los años finales? Quizás hoy vemos que no sólo hace falta que la muerte deje vacío el lugar material de la filiación. Hoy se observan dificultades en las expectativas directamente alimentadas en los hijos que emigraron o directamente no ocupan su lugar de hijos.
Pero la muerte, define la ausencia y no nombra el estado de los padres y las familias. Porque no son huérfanos. Es en este punto de inflexión, en el que hay un antes y un después. Hay familias que no pueden sostener la integración sin el joven-hijo-nieto-sobrino-hermano- novio que sin motivo aparente, muere por accidente, por robo, por violación, por asesinato. Muere sin explicación y sin necesidad.
Grossman, escritor israelí, dice en un artículo publicado por el diario La Nación el domingo 20 de mayo de 2007 (pág.2, sección 6):
“Muchas veces, cada día, sentado ante mi mesa, toco el tema del dolor y de la pérdida como quien toca la electricidad con las manos desnudas […] Escribo. Desde la muerte de mi hijo Uri, el verano pasado en la guerra entre Israel y el Líbano, la conciencia de lo que ocurrió está presente en cada momento de mi vida. El poder de la memoria es por cierto enorme y pesado, y a veces tiene una cualidad paralizante. No obstante, a veces el propio acto de escribir crea para mi un espacio, un marco de pensamiento que nunca antes experimenté, donde la muerte no es solamente la absoluta y unidimensional negación de la vida”.
Evidentemente, Grossman logra una manera de elaborar la ausencia desde la propia ausencia…que presentiza a través de darle vida a los personajes que construye, sin negar el dolor.
Desde los orígenes de la civilización ha habido diversas formas del mismo fenómeno (homicidios, filicidios, genocidios, suicidios en masa, etc.). Cuando pensamos por qué, encontramos algunas respuestas en “La pura cultura de la muerte” del filósofo y psicoanalista Guillermo Maci , quien dice:
“La sociedad del odio es una asociación mortal que, a través del resentimiento, aniquilaría todo aquello que no se resigna a admitir como valor, porque trasciende a las ambiciones absolutistas de sí mismo (el yo absoluto, el yo como un único y absoluto ideal) entonces hay que destruir todo lo que no es el espejo de sí mismo como ideal. […] Lo más importante para que la convivencia social sea posible es la ética de la confianza. Hoy sólo prevalecen en nuestra sociedad la desconfianza y la desesperanza […] Por último, todos terminamos por ser victimarios de nosotros mismos, y la cultura de la vida (Eros) es invertida en su sentido y transformada en la cultura de la muerte (Tánatos)”. Pero el impulso vital y su propia naturaleza, revierten una y cada vez este universo que recrea y recontrata con nuevos mitos y mandatos que aportan las nuevas generaciones, justamente y a partir de nuevas contradicciones. Se reorganizan, y los nuevos paradigmas generan nuevas formas que recuperan el equilibrio entre el Tánatos y el Eros.
Tomando una charla que dio el rabino Sergio Bergman para “Renacer”, grupos de autoayuda para padres que perdieron hijos:
“Aquellos que no son atravesados por la tragedia existencial de la muerte de un hijo, o de un hermano, pasan a una dimensión por la cual quien no está en esa tragedia , el que no convive , el otro, que tiene su mejor disposición para decir cosas sensatas, amorosas que consuelen… uno cuando lo escucha internamente piensa “este no sabe de lo que esta hablando”, no porque no sea preparado, profesional o filósofo, sino porque en la escuela de la universidad del dolor que trae la muerte, no se diploma nadie que no la transita; es un espacio de la vida conviviendo con la muerte. No es lo mismo convivir con la muerte que conmorir con la vida”.
Mis comentarios sobre esta manera espiritual de conexión con la muerte, y la fuerza del amor que permite seguir la conexión con la vida: Si se corta la conexión o el puente que nos une a la vida, el sentido de la muerte es el absurdo, es el sin sentido. El reconocimiento de que estamos en la vida, expuestos a que nos pasen muchas de las cosas que nos pasan a los humanos, permite comprender la vivencia de exclusividad e injusticia frente al propio dolor de la pérdida. Frases como “¿Por qué a mi?, ¿Qué hice para merecer esto?” ejemplifican un sentimiento agregado que distorsiona el sentido de la realidad. Todos estamos expuestos…
La barbarie de estos tiempos se nos presenta como imparable. Las noticias de la mañana ya nos anuncian los números de muertos que a lo largo del día van sumándose con total naturalidad. La noticia ya no son las muertes, sino las novedosas formas en que se describen. Hay un doble juego en las noticias del día: por un lado informan y por el otro naturalizan algo que es del orden de lo siniestro – el valor del rating versus el valor de la vida-.
Entonces, hay que reconocer que estamos inmersos en un sistema que desampara al individuo, porque, entre otras cosas, la globalización tiene un costo muy alto como proceso de cambio. Y es así que se dan fenómenos de desprotección para una generación joven y para un sistema familiar que no tiene sostén, para elaborar el alto impacto que significa la muerte de un hijo, de un joven, que tiene su vida por delante y se ve truncada, quebrada, dejando en la familia un espacio, un lugar vacío, sin retorno. Gran trabajo deberá hacer la familia, para que sus miembros procesen un duelo, una perdida material, inesperada, la ausencia de un cuerpo y la presencia espiritual, enmarcada por la muerte. La necesidad es de trabajar con la familia, para salir de una paradoja: “los hijos se mueren después que los padres; y frente a esta realidad de la muerte de los jóvenes, queda alterada su jerarquía”. El objetivo es encontrar un modo de regulación del sistema familiar en el proceso del duelo. Un camino posible es desde la espiritualidad; se construye un vínculo a través del cual el hijo trasciende desde la muerte a la vida. Tiene nombre y es nombrado. Tiene un lugar dado por la ausencia y con-formado por una presencia emocional y espiritual…nadie puede reemplazar al ausente.
En México, por ejemplo, la forma de transitar la muerte de sus muertos es una celebración. La fiesta de muertos es una fiesta: se reúne la familia, se adorna la casa, se hace una comida especial, en los cementerios se canta, se baila, se come, y se los recuerda con su peculiaridad, sus fotos, guirnaldas, etc. Entonces, los muertos queridos ocupan un lugar, tienen presencia en la fiesta familiar y social.
Agrego estas definiciones de duelo, para tener un punto de partida sobre la complejidad del proceso, y a partir de cada sujeto, familia, comunidad encontrar los recursos que se adapten a las necesidades propias.
Autor: FAMILIAE Psicoterapia-
Fecha: 2009-01-20