El amor auténtico no razona, no pone límites,no calcula, no recuerda el bien que ha hecho ni las ofensas que ha recibido, nunca pone condiciones. Si hay condiciones, ya no hay amor. Card.F.X.Nguyen Van Thuan.
Un texto que nos invita a reflexionar sobre el papel tan importante que tenemos como padres...
Autor: Martín Descalzo.
"Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia adelante." La imagen de Kahlil Gibrán no puede ser más exacta. Y yo me temo que muchos padres aún no han descubierto la enorme verdad que encierra.
El arco, el verdadero "arco" es "para" la flecha. Un arco sin flecha se convierte en algo estéril e inútil. E igualmente inútil es un arco que "quiere" tanto a la flecha que aspira a tenerla permanentemente consigo y nunca la dispara. Pues la meta de la flecha es el blanco, no el vivir acurrucada junto al arco.
Si hace esto último, también la flecha se convierte en inútil y hace inútil al arco. La flecha no es el arco, es distinta de él. Tal vez el arco fue flecha antes, pero desde que es arco su función principal es ya empujar la flecha hacia adelante, hacia el futuro, lo más lejos posible. Para lanzarla deberá sufrir, tensarse, hasta que su carne de arco duela. Y vibrará con dolor en el momento de despegarse de la flecha. Sólo después de hacerlo volverá a descansar su cuerda, sabiendo ya que ha cumplido su misión de proyectar la flecha hacia su destino. Y sólo entonces se sentirá verdaderamente lleno.- cuando esté vacío porque la flecha está ya en su blanco.
Curiosamente los arcos cumplen a la perfección esta tarea: no se conoce ningún arco tan enamorado de sus flechas que jamás las disparase. Pero sí se conocen muchísimos padres que se creen que sus hijos son para que los progenitores "disfruten" de ellos. Muchos que no respetan el hecho de que sus hijos sean y quieran ser distintos de ellos. Muchos que tienen como sueño central el que sus hijos sean "a imagen y semejanza suya" permanentemente, en lugar de aspirar a que sus hijos logren sacar lo mejor de sí mismos y sean ellos mismos verdaderamente.
Sigo citando a Kahlil Gibrán, que lo dijo un millón de veces mejor de lo que yo sabría:
"Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y aunque están con vosotros, no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en la casa del mañana, en una casa que vosotros no podréis visitar ni siquiera en sueños."
Educar en libertad me parece la cosa más difícil del mundo. La más necesaria. Y es difícil porque hay padres que, por afanes de libertad, no educan. Y padres que, por afanes educativos, no respetan la libertad. Hacer ambas cosas a la vez es casi como construir un círculo cuadrado. Algo que sería imposible si no existiera el milagro del amor. Algo que es aún más difícil cuando se confunde el amor con los afanes de dominio sobre la persona amada.
¿Quién no ha conocido a esos perpetuos inmaduros que siguen agarradito a las faldas de mamá? He conocido mujeres que aún muchos años después de casadas siguen sintiéndose mucho más "hijitas" de sus padres que esposas de sus maridos y madres de sus hijos. Con lo que construyen una triple tragedia: no han acabado ellas de desarrollarse como personas; condenan a una semisoledad a su marido y carecen de fuerza para lanzar a sus hijos hacia el futuro. Y todo porque no han sabido curarse de su "hijitas" aguda o porque sus padres siguen practicando la "mamitis" enfermiza.
El verdadero mundo está siempre delante de nosotros, no detrás. Un verdadero amor es el que practica aquellos versos de Salinas a su amada:
"Perdóname por ir así buscándote / tan torpemente dentro de ti./ Es que quiero sacar de ti / tu mejor tú."
Querer a alguien no es sacar jugo de él, es ayudarle a que saque de sí mismo su mejor yo, a que logre empinarse sobre sí mismo, escalando a diario de un yo a otro yo mejor. Hay que amar a la gente como ama el arco a la flecha que vuela, que la ama precisamente porque sabe volar y porque se siente con fuerza Para hacerla volar más deprisa y más lejos.
El mejor amor es el que sabe desprenderse del amado, el que no sólo acepta, sino que facilita el que el amado vaya más lejos que él, hasta el blanco, hasta ese blanco que se va alejando cada vez que avanzamos hacia él y al que sólo se llega con la muerte.
¡Mal amor el que fabrica enanos de alma! ¡Mal amor el que divide en lugar de multiplicar! ¡Benditos, en cambio, los que entienden su propia alma como rampa de lanzamiento de otros seres: hijos, amigos, desconocidos! ¡Benditos, porque estarán verdaderamente llenos el día que alguien, impulsado por ellos, suba hacia arriba y les deje vacíos gracias a tanta fecundidad!
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