Razones para la Alegría
Autor: Martín Descalzo
Recuerdo que cuando era niño me encantaba subir las escaleras de dos en dos y más aún bajarlas de tres en tres o de cuatro en cuatro. Lo hacía como todos los niños y me sentía tanto más fuerte cuantas más escaleras era capaz de bajar sin tocar el pasamanos. Con la llegada de la juventud dejé de bajar las escaleras saltando, pero seguí subiéndolas de dos en dos.
Y sólo ya muy entrado en la madurez me di cuenta un día de que había dejado de hacer las dos cosas: ahora las subía de una en una y lo hacía instintivamente, sin haberme propuesto un afán de seriedad. Nadie había dicho a mi cuerpo que recortara sus ímpetus, pero él solo había descubierto que ya no era el chiquillo o el joven que fue y las fuerzas empezaban a reducirse.
Por aquella mis
ma fecha me di cuenta de que mi hermano mayor había dado un paso más. Él ya nunca subía sin agarrarse constantemente al pasamanos, cosa que yo hacía aún solamente de vez en cuando. Sin necesidad de reflexión alguna, sin que fuera precisa ninguna enfermedad, nuestros cuerpos se sabían heridos por el más cruel de todos los dolores: la herida del tiempo.
Sí, envejecemos. Comenzamos a envejecer desde que nacemos o, al menos, apenas cruzada la raya de la madurez. Un día descubrimos que al encontrarnos con nuestros compañeros de curso comenzamos, instintivamente, a hablar de la salud, un tema que jamás nos preocupaba de jóvenes. Otro nos encontramos con que los jóvenes, como si se hubieran puesto de acuerdo, empiezan a tratarnos de usted. Vemos que las críticas que los demás nos hacen y que en la juventud nos hacían sonreír y que en la madurez nos irritaban, ahora ya no nos producen ni una cosa ni otra, pero, en cambio, nos hunden, nos angustian.
Nos damos cuenta de que pensamos más que antes en la muerte, que recordamos la infancia y la juventud casi obsesivamente. Repasamos la lista de nuestros antiguos compañeros y percibimos que en ella han comenzado a multiplicarse los huecos y hasta tenemos esa sensación que, en un bosque, deben tener los árboles cuando comienzan a sentir lejanos los golpes del hacha y el desplomarse de los compañeros cortados.
Tenemos la sensación de quien sube a una montaña. Conforme trepa por la ladera, el paisaje va como desnudándose y el escalador empieza a encontrarse cada vez más solo. Un día se da cuenta de que ya han muerto sus padres y la mayoría de sus profesores de colegio. Y sabe que la cumbre que le espera es magnífica. La vista desde arriba debe ser arrebatadora. Pero sabe también que arriba ya no hay más camino. Más allá sólo está el cielo. Y en esta ascensión no hay posibilidad de volver a bajar a la llanura. Y tampoco cabe la posibilidad de vivir largamente en la cumbre. Porque no se vive en las cumbres.
Sí, sentirse envejecer es doloroso. Sólo menos doloroso que sentirse ya viejo.
Pero fijaos bien que he dicho "doloroso" y no "triste", aunque sé muy bien que para muchísimos ancianos (¿para la mayoría?) es también, y además, algo muy triste.
El mundo de hoy (a pesar de que en él se están multiplicando las personas de edad) no es nada cómodo para los ancianos. Decimos que nos preocupamos de ellos, pero la realidad es que de lo que más nos preocupamos es de decirles que ellos ya son simples supervivientes, más o menos tolerados en el mundo. La jubilación, que debería ser el gozoso descanso merecido, es en muchos casos una simple despedida, un certificado de defunción social.
Y, sin embargo, hay que gritar que la ancianidad no es ni una muerte ni una espera del final.
Se declina, sí, en fuerzas físicas, pero ¡cuántas cosas pueden seguir creciendo! Un anciano tiene que aceptar, sí, su ancianidad (¡no hay nada más grotesco que un viejo que trata de seguir aparentando juventud!), pero desde esa aceptación ha de negarse a ser un jubilado de la vida y de la alegría. Un anciano tendrá que cambiar de formas de vivir su amor ¿quién va a impedirle que siga amando tantas cosas y a tantas personas?
Tampoco hay que jubilarse de la alegría y menos si se vive desde la fe. Recuerdo ahora aquella oración que Paul Claudel pone en boca de uno de sus personajes y que a mí me encantaría saber rezar en mis últimos (tanto si son próximos como lejanos) años:
"Llegó la noche. Ten piedad del hombre, Señor, en este momento en que, habiendo acabado su tarea, se pone ante ti, como el niño al que le preguntan si se manchó las manos. Las mías están limpias. ¡Acabé mi jornada! He sembrado el trigo y lo he recogido y de este pan que he hecho han comulgado mis hijos o mis amigos. Ahora, he acabado. ¡Vivo en el quicio de la muerte y una alegría inexplicable me embarga!"
Autor: FAMILIAE Psicoterapia-
Fecha: 2008-04-21