Por Martín Descalzo.
Me he preguntado más de una vez cuántos leerán este cuadernillo de apuntes. No lo sé. No lo sabré nunca. Pero sí sé que todos y cada uno de los que lo lean habrán conocido alguna vez la soledad, esa parte, a la vez tan dolorosa y luminosa, de la condición humana.

Habrán conocido, unos, esa desoladora soledad de la adolescencia, esos años en los que estamos convencidos de que nadie es capaz de comprendernos, tal vez simplemente porque tampoco nosotros nos entendemos.
Para otros, la soledad habrá llegado en la juventud, sobre todo si han conocido ese agudo dolor de amar a alguien que no nos ama y de comprobar que aunque el mundo entero nos acompañase seguiríamos estando solos sin aquella única persona en que parece haberse concentrado toda la compañía verdadera del mundo.
Otros habrán gustado la soledad de los años adultos, sobre todo en esos tiempos en que la vida parece perder su sentido y en los que nos repetimos, estérilmente, la pregunta "¿para qué?". O tal vez llegó, para otros, la última soledad de la vejez, cuando todos los que eran nuestros amigos han muerto ya y percibimos una infinita distancia entre los más jóvenes y nosotros.
Y es que la soledad está ahí. Es parte de la vida. En el principio de la Historia Dios vio que no era bueno que el hombre estuviera solo. Pero no pudo ignorar que, con frecuencia, lo estaría aunque colocase a su lado toda la compañía imaginable. Porque no pocos acompañamientos no hacen otra cosa que ahondar la soledad. Y así es como la comunidad -e incluso, a veces, hasta la familia- no es otra cosa que una acumulación de solitarios.
Pero me parece que habrá que empezar en seguida a distinguir muy diversos tipos de soledad. la de los incomprendidos y abandonados, la de los orgullosos, la fecundadora de los verdaderos solitarios por elección.
La primera es la más grave y me temo que hoy la más corriente. ¿Es posible que en el mundo abunden tanto los que no son amados por nadie? Es posible y horrible.
En esta gran familia que formamos hay un alto porcentaje de seres que se pasan la vida mendigando una persona que quiera oírles, alguien con quien hablar sin que les diga que tiene prisa, un amigo que se interese o al menos, parezca interesarse- por sus problemas.
¿Qué hacer ante esta soledad ? Por parte de quien la padece, me parece que, en primer lugar, preguntarse a sí mismos hasta qué punto son ellos responsables de ese abandono. Con frecuencia se quejan de soledad personas que empezaron por rodear su alma de alambre espinado.
Primero se cierran, luego lamentan no tener compañía. "Quien marcha por la vida sin apearse del caballo, va quedándose solo", ha dicho Luis Rosales. Y es ciertísimo: sólo bajándose del propio egoísmo se puede esperar estar entre los demás.
Hay incluso quienes se vanaglorian de ir solos. Son los que dicen que "el águila vuela sola, mientras que los cuervos, las choyas y los estorninos son los que van en grupos". Estos no buscan la soledad porque la amen, sino porque no aman la compañía. Piensan, como decía Schopenhauer, que "la soledad ofrece al hombre inteligente una doble ventaja: la de estar consigo mismo y la de no estar con los demás".
Esta soledad del orgullo es una maldita soledad. Puede incluso servir para ciertas creaciones estéticas o científicas, pero al final deshumaniza siempre a quien la practica, con lo que, a la larga, se daña también a los productos estéticos o intelectuales. Porque, como dice Antonio Machado, con frecuencia "en la soledad / he visto cosas muy claras / que no eran verdad".
Pero ¿y si la soledad ha venido a nosotros sin que nosotros la hayamos prefabricado? Entonces sólo quedan dos caminos- empezar por reconocer que la soledad puede ser un multiplicador del alma (y que en realidad un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar) y luego convertirla en soledad fecunda o romperla abriéndose hacia los demás.
Quede hoy este comentario en la profunda frase de Aristóteles- "Quien halla placer en la soledad o es una bestia salvaje o es un dios." Porque hay, efectivamente, soledades creadoras como la del mismo Dios y soledades estériles y agresivas como la del leopardo. ¿Y por qué ser leopardos cuando podemos parecernos a Dios?
Autor: FAMILIAE Psicoterapia-
Fecha: 2008-04-04