Margaret Mead, antropóloga norteamericana que realizó sus estudios en los años 30 y las siguientes décadas, llevó a cabo un estudio sobre la cultura y la adolescencia en Samoa (archipiélago del Pacífico).
Encontró que las chicas samoanas, al igual que las norteamericanas, cambiaban corporalmente al llegar a la pubertad. La pregunta que se hizo Mead fue si “los cambios corporales repentinos de la pubertad se ven acompañados por formas espasmódicas de desarrollo, con contenido emotivo y sentido religioso naciente, un florecimiento del idealismo, un deseo inmenso de afirmación del yo frente a toda autoridad, o si bien carecen de estas concomitancias psicológicas”. Quería saber si la angustia mental y emotiva de las adolescentes norteamericanas era algo inevitable como los cambios físicos que marcaban la pubertad.
Sus investigaciones la llevaron a responder a tales preguntas con un NO rotundo. En las niñas norteamericanas y también en las samoanas se daban unos cambios físicos innegables cuando llegaban a la pubertad. Pero en Samoa ninguna otra diferencia se encontraba entre las niñas que pasaban por la pubertad y las que se encontraban en el período justo anterior o posterior.
Concluyó, por tanto, que la adolescencia tal como la entendemos en las sociedades occidentales, es un producto de nuestro ambiente cultural, y por tanto, es modulable.
La autora atribuye esta diferencia a dos cuestiones básicas. Una es la ausencia de sentimientos o lazos fuertes y profundos que caracteriza a las relaciones y al estilo general de los habitantes de Samoa. La otra es el enorme número de posibilidades de elección (filosóficas, religiosas, políticas) que tienen el niño y joven en nuestra sociedad.
“Así, para explicarnos la ausencia de sufrimiento en las elecciones que realizan las adolescentes de Samoa, debemos atender al carácter de dicha civilización, que desestima los sentimientos profundos. Pero para explicarnos la ausencia de conflictos, debemos atender principalmente a la diferencia entre una civilización primitiva, simple y homogénea, que cambia tan lentamente que para cada generación aparece como estática, y una civilización moderna, heterogénea, variada, diversa.”
Las observaciones de esta antropóloga son coherentes con la experiencia de algunas personas cercanas a nosotros. Como dijo un viejo militante, que dedicó su vida a luchar por la justicia, a educar personas, a la promoción de los jóvenes, “los jóvenes obreros no tuvimos adolescencia”. Tal vez tenían algo mejor que hacer. No tenían un enorme abanico de opciones, sino que la elección era, como ellos decían, sencilla: “Asociación o muerte”.
¿Tenemos que seguir aceptando como inevitable una época de la vida basada en el egoísmo, el placer a costa del otro, la búsqueda insensata de sensaciones? ¿O podremos recuperar una juventud que luche por un Ideal, abierta a los demás, al mundo, a la verdadera amistad?
Pilar Gómez-Ulla
Autor: FAMILIAE Psicoterapia-
Fecha: 2007-09-10